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Bitacora 300
domingo, 27 de octubre de 2013 @12:41



[27/10/13]

Siento ganas de escribirte y no sé por qué. Odio hacerlo, odio que sea una persona quien inspire mis escritos porque no me gusta darle el honor a alguien de poder decir que le pertenece porque es tan íntimo como mi propia carne que estaría apoderándose de una parte de mí. Pero, al fin y al cabo, el escrito no es de quien lo escribe sino de quien lo inspira; luego recuerdo el pensamiento de Flaubert e ignoro tantas trivialidades. Escribo porque quiero, puedo y porque lo que plasmo en estas letras cibernéticas no tienen por qué ser ni explicadas, ni justificadas.

Me llenaría de orgullo si pudiese decir que lo que escribiré solo va dirigido a mí misma, pero hay alguien implícito en mis razonamientos. Son las 4:21 de la madrugada de la fecha que encabeza este texto. Varios temas vienen y van como las olas de aquella playa que nunca llegaron a tocarme.  A veces... no, no a veces. Corrijo: siempre deberíamos medir las palabras que expresamos. Tan simples como son pueden ser tan punzantes que dañan algo de lo que pensamos, de lo que creímos; de lo que sentimos. Hay verdades que es mejor no saberlas, preferimos sentirnos bien con una mentira. Las verdades, en ocasiones, dañan tu resolución, las hace pedazos. Abrir los ojos es una enfermedad de la que me gustaría librarme. 

Estoy en la disyuntiva que ha irrumpido en la calma de mi mente. Cuando decides cerrarte hasta ante tus propios pensamientos, puedes ser capaz de llevar una existencia mucho más pacífica. Pero hay ciertas situaciones que desencadenan a los demonios recluidos en algún lugar de mi cabeza y me hacen añicos, me atormentan. Cuando pasas demasiado tiempo en tu propio mundo, cuando reprimes lo que sientes, lo que quieres hacer, tus ideas, sueños, ilusiones; cuando decides convertirte en un ser existencialista; cuando decides alejarte del mundo exterior, sufres las consecuencias como el hacerte daño mentalmente. Siento que aquellos demonios que reprimí, se revelan y tumban la pared de cemento que construí entre ellos y mi paz interior.

Golpean, golpean, mis demonios están golpeando con ferocidad desde algunos días atrás. Me aferraba con ahínco a cualquier esperanza de soporte pero llegaste y me contaste una de esas verdades que no son placenteras de oír. Ese fue el último ladrillo que me protegía de mi mente. Odio esa parte de mí que tanto te gusta. La odio porque es un ser pensante, racional, aunque –irónicamente- impulsiva, se permite crear un tumulto de preocupaciones, de especulaciones, de interrogaciones, esos que te hacen reflexionar, en el caos de tu mente acompañada de monstruos que hacen un festín con tu debilidad. 

Quería creerte, sin pensarlo, movida por el hecho de querer hacerlo, ahora destruiste lo que había construido y me mandaste a un camino ambiguo. Estoy desorientada mientras una cantidad de reflexiones chocan contra mí como chocaba el agua de la playa contra las piedras que la limitaban. Las preguntas generan más preguntas que te guían por un camino que no querías conocer. ¿Para qué saber ciertas cosas? A veces es mejor no saberlas. Y digo a veces porque "nunca" y "siempre" son palabras tan poderosas como los mismos pensamientos. A veces "verdad" y "nunca" no deberían estar en la misma oración. 

Ya no creeré más, mi yo racional me lo recomienda. Mi yo racional -esa que tanto te gusta- gastara su tiempo construyendo otra pared. Otra vez construirá una fortaleza de protección. No quiero pensar, ni sufrir. Quiero vivir sin tanto calvario en mi cabeza, los sentimientos pueden irse por un barranco.


       Lo sé, señor padre; sé que ya son las 5 y 30 de la mañana, sin embargo, hoy soy como un zombie con cerebro: no tengo sueño, no siento cansancio, pienso amanecer con este aparato en mis brazos. Eso pasa cuando necesitas deshacerte mediante letras de tanto pensamiento que se agavillan en tu razón.

¿Inconclusas? 
Sí, suelo dejar las ideas inconclusas
Suelo hacerlo muy seguido.

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Nadie dijo que sería fácil.